José Luis Belmonte propone un su novela, Distopia al peu de la Vella, un ejercicio de reflexión para moderar las diferencias que nos pueden pueden llevar al conflicto e invita a ver a los otros como hermanos que opinan diferente y no como enemigos. El mensaje de fondo es que los proyectos comunes exigen esfuerzos comunes si queremos construir el futuro en lugar de destruirlo. 

El autor cuenta en el prólogo que el germen de la novela surgió cuando se propuso escribir un artículo breve para conmemorar el octogésimo aniversario del final de la guerra civil. No tenía más pretensión que la de recordar aquella efeméride de forma aséptica, y cierta intención de provocar alguna reflexión. Imaginó a un adolescente conversando con su abuelo en el futuro, concretamente ochenta años después, en 2099. El joven le pide a su antecesor que le cuente cosas de la guerra civil española, pero no la de 1936-39, sino la que aconteció de nuevo en España en 2019, es decir, la segunda guerra civil española, y de la que el abuelo fue testigo directo desde su pueblo natal, Crevillente (Alicante). Ese primer artículo se convirtió en capítulo y después en la novela Distopia al peu de la Vella.

La historia continúa con el relato completo de lo sucedido en 2019. Tras varios conflictos graves en diversas zonas de España debido a problemas territoriales y a problemas económicos y sociales desatendidos por el caos, las diferencias entre bandos opuestos provocan altercados violentos en las calles que se van intensificando hasta que la situación llega al límite del control. El gobierno saca al ejército a las calles y declara estado de sitio, pero no consigue controlar las insurrecciones y comienza la guerra.

Ambientada en este conflicto de fondo, José Luis Belmonte desarrolla una subtrama de contraste en la que relata una inesperada historia de amor verdadero entre dos diputados de partidos contrarios en el pueblo de Crevillente, Alicante. Una relación que rompe las barreras de los prejuicios y muestra que dos personas pueden conocerse y comprenderse a pesar de las diferencias.  Que las siglas de un partido no imponen amigos o enemigos y que está en la mano de cada uno decidir cómo trata a los demás y cómo resuelve los problemas. La democracia no es un sistema perfecto, solo nos permite elegir representantes. Los conflictos deben resolverse con moderación y paciencia por todas las partes, tanto en las instituciones como en las calles, y no olvidar que todas las personas tenemos los mismos derechos.

Belmonte utiliza el juego del tiempo y del entorno familiar de los personajes para hacer hincapié en que las generaciones deben educarse unas a otras, es la forma natural del hombre para aprender de los errores de la especie y que las buenas costumbres no se abandonen por el camino.

También es un elogio a la cultura y a las lenguas. Una manera de entender que el saber no pertenece a ninguna idea política, sino a las personas. Todos los conocimientos enriquecen, nunca deberían ser utilizados para excluir, sino para expresarnos más certeramente, para integrarnos mejor con los demás y conseguir comprender sus ideas y sus actos.